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Leyenda del Zorro y La Iguana, El Alcatraz y El Huerequeque

El zorro fue un indio noble que quiso por esposa a una mujer que no fuera de las del color de su raza.
No hallándola en las tierras yungas, pasaba las noches a la orilla de los ríos, de las lagunas, en el campo abierto, cantando sus deseos, para que sus endechas mitigaran sus penas y le concedieran lo que tanto anhelaba.
En una de esas noches de plenilunio observó que la luz de la Luna , reflejada sobre el agua, se con vertía en bella mujer, de otra raza, ojos semejantes al cielo y cabellera del color del grano de maíz maduró; y ante esta visión, en una felicidad sin límites, creyendo realizado su ensueño, se arrojó al agua para obtener y poseer su preciado don, pero al movimiento del liqui­do, la visión desapareció y la Luna , ocultada por una espesa y densa nube, oscureció el ambiente y el corazón del indio.
Y al mismo sitio y en todas las noches de plenilunio volvió el indio noble para solazarse de nuevo con la visión magnífica; pero nunca más se vivificó la imagen y entonces, el desesperado enamorado pretendió al propio astro. Mas, el Padre Sol, que juzgó al indio curado de tan insólita pretensión, con sólo aquella visión, resolvió castigarlo definitivamente, por su atrevimiento y por su desobediencia a las leyes del Cielo y de la estirpe, y lo condenó a estamparse perpetuamente en la faz de la Luna , como un dibujo borroso y anodino, satisfaciendo así su amor y su deseo, y en la Tierra , convirtió en zorro, estableciendo así un castigo en Cielos y un precedente en la Tierra.
Desde entonces la luna ostenta una mancha oscura, semejante a la figura de un zorro, y este animal comenzó a hacer sus refugios subterráneos, para no ver al Sol, que lo había castigado, y empezó a hacer sus correrías especialmente en las noches de Luna, para admirar, a la distancia, a su esposa frustrada y lejana.
La iguana, había sido destacado y pretencioso sa­cerdote de las antiguas creencias mochicas, que se ena­moró de la estrella Venus, debido a su belleza y reful­gencia, creyéndola hermana menor del Sol.
Tan sólo para admirarla realizaba todas sus acti­vidades personales de noche, olvidando algunas veces sus obligaciones sacerdotales, dejando de efectuar las prácticas y los ritos más esenciales, especialmente el co­cimiento del maíz para la chicha sagrada, todo con el fin de embelesarse en la contemplación del astro, su principal amor, que refulgía más intensamente en las primeras y en las últimas horas de la noche. Esta desa­tención trajo por consecuencia la pérdida de la fe, cala­midades y miserias generales, desobediencia, indisciplina y la cólera del Cielo.
El Sol, creador, guardián y custodio de la fe, y pa­dre de la religión, ante tal desacató a sus mandatos y a sus leyes, convirtió al sacerdote en iguana, haciendo que habitara en los santuarios, desde donde podría con­templar mejor a su amada del Cielo; ordenó a los sa­cerdotes" del culto que el "mote" del maíz, para el co­cimiento de la chicha sagrada, se habría de preparar en las primeras horas de la madrugada o en las últimas de la tarde, precisamente cuando mejor se distingue a Ve­nus, a fin de que no se olvidaran de sus obligaciones ri­tuales.
Y fue desde entonces, y obedeciendo a aquella maldición y a aquella orden, que la iguana vive en las huacas, viejos santuarios, y los nativos mochicas hacen el cocimiento del maíz en las madrugadas, dándole a Venus el nombre simbólico y recordatorio de “pone mote”.
 
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Yunga pescador y plebeyo fue el alcatraz, que pretendió en amor a una de las vírgenes del Sol.
Desde niño vivió en una isla desierta, sin los reclamos del amor y sin las obligaciones de la civilización; ignorante de las pasiones humanas y de la belleza femenina.
Una mañana, en busca de la pesca, arribó a las costas yungas y se internó en los llanos; convivió con sus habitantes, gozó de sus comodidades y se enamoró de una de las vírgenes del Sol, llamada Cora Fisan, quien se ocupaba, como todas las de su estirpe, de hilar y tejer ropas de algodón y de lana para los ídolos.
Cora Fisan se encontraba quemando, como era de rito, lo que había sobrado de la lana y el algodón, junto con huesos de carneros blancos sagrados, que habían sido sacrificados, y cuyas cenizas ofrecía al Sol, y el yunga solitario creyó que a él se hacía el ofrecimiento.
Ignorante de las prácticas y de los ritos, de las costumbres y de las obligaciones usuales, creyéndose hijo de otro mundo, con mejores derechos, sintiéndose distinto de los demás, increpó a los sacerdotes y desdeñó los ídolos, pero el Supremo Guardián de la Ley Eterna , para castigarlo por su osadía, lo condenó al ridículo, convirtiéndolo en alcatraz y haciendo que para atender a su sustento simulara descender desde lo alto.
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